Thursday, November 01, 2007

Sin título

Aquí estoy una vez más, esperando el último autobús que habrá de llevarme de regreso a la ciudad de las montañas. Es curioso, pero a pesar de haber estado tantas veces en el mismo lugar, ésta es la primera vez logro apreciar la magia que hay detrás de esta cruda ciudad. Frente a mí hay un altar dedicado a la virgen de Guadalupe, humildemente adornado por la fe de algún creyente que como yo, prefiere aferrarse a la idea de un más allá mejor que la realidad del presente. El altar está adornado por un par de arreglos de flores artificiales, que a pesar de sus vivos colores, lucen añejos y olvidados por el tiempo. Sigo explorando hasta identificarme con una solitaria veladora, que pareciera como si esperara la compañía de alguna otra gota de luz. A la derecha del altar, un extintor, irónicamente pintado con el color del fuego y reflejando en su cuerpo metálico la pequeña llama que ha dado esperanza a tantos viajeros. De pronto descubro la risa azucarada de un par de niños que juegan, brincan y fingen volar sobre los mosaicos de un cielo marrón. La alegría de estos chiquillos contrasta con las caras frías de sus padres, quizás preocupados por la forma en que conseguirán la siguiente rebanada de pan para sus hijos o simplemente cansados por una jornada complicada. Son las nueve y veinte minutos, el momento de partir ha llegado. Ya habrá otra oportunidad de seguir pintando con palabras este relato...

[Carlos Bravo]

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